Donde empieza la cordillera, y donde casi nadie la busca. Aquí los picos no llegan a los tres mil, pero hay un bosque que se cuenta entre los mayores de Europa y valles que todavía funcionan como hace cien años.
Quien llega a Navarra buscando la postal de alta montaña se lleva una sorpresa: aquí no hay glaciares ni paredes de mil metros. Hay bosque. Muchísimo bosque. La cordillera arranca del Cantábrico cargada de humedad atlántica y lo que produce no son crestas, sino hayedos que en octubre se ponen de un color que no se olvida.
Esa humedad es también la razón de que esté menos transitado. Llueve más, la niebla entra sin avisar y no hay un «tres mil» que coleccionar. Para quien busca sitios sin colas, eso no es un defecto.
Por aquí cruza el Camino de Santiago desde Roncesvalles, y mucho antes cruzaban los ejércitos, los rebaños y los contrabandistas. Es el tramo de la cordillera con los pasos más bajos, y eso ha marcado su historia: donde la montaña deja pasar, la gente pasa.
Todavía se nota en los valles, que miran tanto hacia el norte como hacia el sur. Aquí las familias han tenido primos al otro lado de la muga durante generaciones.
La niebla es la norma, no la excepción, sobre todo por la mañana. Lleva capa impermeable aunque el parte diga sol, y no confíes en que el mirador vaya a estar despejado a la hora que llegues.
Y una advertencia con Irati: en octubre los accesos se regulan y los aparcamientos se llenan a primera hora. Si vas en fin de semana de otoño, madruga o cambia de plan.
La lista es de toda la vertiente española, porque de momento el extremo navarro solo tiene la Foz de Arbayún. Ordenados por cota.